Sin duda se trata del mayor héroe de la historia de España... y uno de los mas desconocidos. Su nombre, Blas de Lezo, y su vida... digna de la mejor de las películas.
Este almirante español perdió medio cuerpo en la batalla: la pierna izquierda con 15 años, el ojo izquierdo en la defensa de Toulon, el brazo derecho durante el sitio de Barcelona, en 1714, con 25 años.
A pesar de todo ello, su arrojo y valor fueron destrozando una vez si y otra también a las tropas enemigas en cuantas batallas participó.
Combates navales, naufragios, abordajes, desembarcos. Luchó contra los holandeses, contra los ingleses, contra los piratas del Caribe y contra los berberiscos. En cierta ocasión, cercado por los angloholandeses, tuvo que incendiar varios de sus propios barcos para abrirse paso a través del fuego, a cañonazos. En sólo dos años, siendo capitán de fragata, hizo once presas de barcos de guerra enemigos, todos mayores de veinte cañones, entre ellos el navío inglés Stanhope. En los mares americanos capturó otros seis barcos de guerra, mercantes aparte. También rescató de Génova un botín secuestrado de dos millones de pesos, y participó en la toma de Orán y en el posterior socorro de la ciudad. Después de ésas y otras muchas empresas, nombrado comandante general del apostadero naval de Cartagena de Indias, a los 54 años, le llegaría sin duda su mas recordada gesta histórica: la guerra de la Oreja de Jenkins. En ella, defendiendo el puerto de Cartagena de Indias del ataque británico, su nombre se hizo inmortal. y tras rechazar dos anteriores tentativas inglesas contra la ciudad, hizo frente a la fuerza de desembarco del almirante Vernon: 36 navíos de línea, 12 fragatas y varios brulotes y bombardas, 100 barcos de transporte y 39.000 hombres. Es el segundo mayor ataque anfibio de la historia de la humanidad, solo superado por el Desembarco de Normandía Que se dice pronto.
domingo, 20 de marzo de 2011
¿Intentaron los servicios secretos británicos asesinar a Lenin?

Nuevos documentos conocidos en las últimas fechas parecen contradecir lo que la Historia oficial ha mantenido durante un siglo: que los servicios secretos británicos no tuvieron nada que ver en el intento de asesinato de Lenin en 1918.
Los documentos han sido difundidos ahora por la cadena pública británica BBC y arrojan nueva luz sobre lo que durante décadas se ha conocido como 'la conspiración Lockhart', que ha sido objeto de numerosas teorías, estudios, libros e incluso películas de cine.
Los hechos se remontan a principios de 1918, en los momentos finales de la Primera Guerra Mundial, cuando el nuevo Gobierno bolchevique ruso negociaba un acuerdo de paz con Alemania para conseguir que sus soldados volvieran a casa, un acuerdo que preocupaba en Londres.
El Gobierno británico temía que una inminente retirada de las tropas rusas permitiera a Alemania, que aún estaba luchando en dos frentes, reforzar sus defensas en el frente occidental.
Para evitarlo, y para conseguir que Rusia volviera del lado de los aliados, los británicos enviaron a Moscú a Robert Bruce Lockhart, un diplomático escocés de 30 años conocido por su afición al buen vino, las mujeres y los deportes, que se convirtió a partir de ese momento en el representante de la corona en la capital rusa.
Al principio, todo pareció indicar que Lockhart podía convencer a los bolcheviques, pero en marzo de ese año los soviéticos firmaron el acuerdo de paz de Brest-Litovsk con los alemanes, lo que terminó con cualquier esperanza de que los rusos ayudaran a los aliados.
Londres no se dio por vencido, y de acuerdo con las nuevas evidencias conocidas ahora, decidió que la alternativa era derrocar al Gobierno bolchevique y reemplazarlo por otro que estuviera dispuesto a volver a declarar la guerra a Alemania.
En este sentido, los documentos demuestran que en junio Lockhart pidió dinero a Londres para poder financiar las actividades de varias organizaciones anti-soviéticas, y que el Foreign Office recomendó al Departamento del Tesoro que aprobara esa partida.
De hecho, a finales de mayo los británicos decidieron enviar una pequeña fuerza militar a Arjánguelsk, en el norte de Rusia, bajo el pretexto de prevenir que toneladas de equipamiento militar británico, facilitado a los rusos, cayera en manos alemanas.
No llegó a prosperar, pero el auténtico objetivo era que una fuerza de 5.000 soldados británicos se uniera a los 20.000 militares letones que componían la guardia del Kremlin, que Londres consideraba que podría rebelarse en contra de los bolcheviques.
Posteriormente, Lockhart envió un telegrama a Londres tras reunirse con un militante anti-bolchevique llamado Savinkov, que decía así: "Propuestas contrarrevolucionarias de Savinkov. El plan es que, con la intervención aliada, los barones bolcheviques sean asesinados y se instaure una dictadura militar".
Bajo el telegrama hay una nota con la firma de Lord George Curzon, que formaba parte del gabinete de guerra del Gobierno británico, que afirma: "los métodos de Savinkov son drásticos, aunque si tienen éxito probablemente serán eficaces, pero no podemos decir o hacer nada hasta que no se haya decidido intervenir".
Fue el 30 de agosto de 1918 cuando una mujer, la militante social-revolucionaria Fani Yefímovna Kaplán disparó contra Vladímir Ilich Uliánov "Lenin", el fundador del Estado soviético, que resultó herido de gravedad con dos impactos de bala, pero sobrevivió.
Interrogatorio en el Kremlin
La Cheká (antecesora del KGB) detuvo horas después a Lockhart, que fue interrogado en el Kremlin y que, según los documentos de la policía secreta soviética, confesó que formaba parte de una conspiración para asesinar a Lenin y derrocar a los bolcheviques.
Pero a principios de octubre de 1918, Lockhart fue puesto en libertad en un intercambio por un diplomático ruso en Londres.
Vía.Elmundo
domingo, 30 de enero de 2011
El jefe ratonero del Gabinete de su majestad.

Dado su proximidad al Támesis, las estancias de Downing Street siempre han tenido un serio problema con las ratas. Tal ha sido la situación que, incluso desde el reino de Enrique VIII, la corona inglesa ha designado una pequeña cantidad para la manutención de un gato específicamente "empleado" para cazar estos bichos.
Aunque sólo existen documentos al respecto datando a 1929, consta en los registros del Gobierno británico de ese año la autorización al tesorero real para acordar la cantidad de "un penique al día para sufragar los gastos incurridos al mantener un gato eficaz"; los últimos registros asignan una cantidad de 100 libras esterlinas anuales -unos 117 euros- para el "jefe ratonero del Gabinete de su majestad".
Dado que los gatos son considerados funcionarios públicos, rara vez coinciden sus estancias en Downing Street con los mandatos de los primeros ministros británicos. Tanto Peter I (1929-1946) como Peter III (1948-1964) vieron pasar cinco primeros ministros distintos durante sus respectivas carreras como ratoneros oficiales. Sin embargo, el gato que más tiempo pasó en Downing Street fue Wilberforce -nombrado en honor al famoso abolicionista británico-, ratonero entre 1970 y 1988, durante los gobiernos de Edward Heath, Harold Wilson, Jim Callaghan y Margaret Thatcher; la 'Dama de Hierro' le tuvo tanto cariño que le trajo una lata de sardinas moscovitas como recuerdo de su visita de Estado a la URSS.
El sucesor de Wilberforce, Humphrey, fue el más problemático de los gatos de Downing Street. Sin duda fue un ratonero excepcional: un funcionario de la oficina del primer ministro incluso comentó a los medios que las 100 libras anuales que costaban mantener al gato eran infinitamente mejor aprovechadas que las 4000 destinadas a pagar al fumigador profesional de las estancias. Pero, independientemente de sus obligaciones oficiales, Humphrey provocó varios escándalos. El primero, notablemente, fue falso: un periodista del 'Daily Telegraph' publicó una noticia ficticia sobre el asesinato de cuatro crías de petirojo, culpando al pobre gato; el conservador John Mayor negó los cargos en contra del ratonero durante una conferencia de prensa, y el reportero confesó que todo era mentira unos años más tarde.
En 1995 la desaparición del gato llegó a ser un episodio traumático para el país; varios periódicos reaccionaron al anuncio de su aparente muerte con duras condenas de la oficina del primer ministro por no cuidar más de la criatura. Sin embargo, la publicación de su obituario -prematuro- en los diarios facilitó su recuperación: resultó que se había estado quedando en un cercano hospital durante unas semanas, donde los empleados lo habían adoptado, asumiendo que era un gato callejero. Después de ser devuelto a Downing Street, Humphrey emitió un comunicado agradeciendo la atención que había recibido durante sus "vacaciones" y declarándose listo para reasumir sus tareas.
La familia de Tony Blair tuvo menos suerte con el conocido ratonero. Después de mudarse a Downing Street en 1997, la prensa británica hizo eco de las malas relaciones entre el gato y la mujer del primer ministro, Cherie Blair. Declaraciones posteriores de la señora de la casa, sugiriendo que los gatos eran "poco higiénicos" desataron un escándalo público; de nuevo, la prensa británica entro en fase de ataque, y se publicaron gran número de cartas del público en defensa del ratonero del Gabinete. Tal fue la polémica que, pocos días después, el portavoz del Gobierno tuvo que declarar que Humphrey permanecería en Downing Street -"sí o sí"-, y la oficina del primer ministro emitió una foto de Cherie y el gato para promover la idea que todo iba bien en casa. A la larga, la imagen hizo más daño: se conoció unas semanas más tardes que el gato había sido drogado para que no atacara a la mujer de Blair cuando se tomó la foto.
En noviembre del mismo año Humphrey fue "jubilado" -oficialmente por sus problemas de hígado-, y enviado a vivir con una pareja de ancianos en el norte de la ciudad; los conservadores emitieron un comunicado señalando que "Humphrey vivió felizmente bajo ocho años de Gobierno conservador en Downing Street, pero parece que ha preferido irse menos de seis meses después que los laboristas hayan tomado el poder". Entretanto, el diputado conservador Alan Clark denunció la desaparición turbia del ratonero y exigió evidencia que el gato seguía con vida. "Humphrey ahora es un desaparecido", declaró Clark. "A no ser que lo vea publicamente, asumiré que le han dado un tiro". Al final, Blair tuvo que autorizar la vista de periodistas a la nueva casa del gato para demostrar que seguía con vida; en efecto, el ratonero Humphrey sobrevivió hasta 2006.
Con la toma de poder de Gordon Brown, Sybil, el gato del ministro de Finanzas Alistair Darling, fue a vivir a Downing Street; su nombre derriba del de Sybil Fawlty, mujer del neurótico hotelero de la serie británica, 'Fawlty Towers'.
Aunque el retorno de un ratonero oficial fue celebrado por la prensa, el mandato de Sybil fue corto; pocos meses después de su llegada en 2007, el gato se retiró "al campo", supuestamente porque le enervaba el entorno de las estancias gubernamentales. De nuevo, la prensa sospechó que la razón real tenía que ver con descontento humano: al parecer, a Gordon Brown le caía mal.
Al tomar el poder en 2010, el conservador David Cameron no trajo consigo un nuevo ratonero. Aunque inicialmente se indicó que no habría gatos durante su mandato, el nuevo revuelo en torno a la plaga de roedores parece haber cambiado la mente del premier: se ha desvelado que está contemplando adoptar un nuevo funcionario de un centro de acogida de animales cercano. Queda por ver si el felino que elija tenga mayor suerte que los últimos dos, y si el gato sea bueno para la imagen pública del Gobierno; en todo caso, ya hay perdedoras claras en el asunto: las ratas de Downing Street.
Vía.Elmundo.
lunes, 24 de enero de 2011

La historia que hoy os traemos no tardaría en ser calificada como aberración humana o discriminación racial ante los ojos de cualquier europeo de comienzos del siglo XXI. Pero no hay que retroceder muchos años atrás para encontrar un tiempo en el que las exposiciones humanas con individuos llegados desde otras partes del planeta, constituían la última moda etnocentrista y todo un espectáculo para el público del viejo continente.
Como el zoológico humano que el Parque del Retiro acogió en 1887, junto a la Casa de Fieras. Otras capitales europeas ya habían exhibido tribus del mundo entero (“negros salvajes” en Barcelona o fueguinos en París). En esta ocasión, Madrid recibiría a 43 indígenas filipinos, incluyendo “algunos igorrotes, un negrito, varios tagalos, los chamorros, los carolinos, los moros de Joló y un grupo de bisayas" que se anunciaban a bombo y platillo y que causaban la admiración y curiosidad de todos los que se acercaban al parque de la capital.
Según cuentan los diarios de la época, estas personas fueron tratadas en Madrid mejor que en el resto de Europa e incluso tuvieron el privilegio de entrar en el Palacio Real y ser recibidas en audiencia por la infanta Isabel y la regente María Cristina, antes de volver a sus degradantes jaulas.
Una de las consecuencias directas del colonialismo imperante en la época fue el negocio de los zoos humanos, impulsado por el alemán, Carl Hagenbeck, mercader de animales salvajes, que en 1874 decidió incorporar nuevos "ejemplares" a su repertorio: samoanos y lapones.
Vía.ABC
Como el zoológico humano que el Parque del Retiro acogió en 1887, junto a la Casa de Fieras. Otras capitales europeas ya habían exhibido tribus del mundo entero (“negros salvajes” en Barcelona o fueguinos en París). En esta ocasión, Madrid recibiría a 43 indígenas filipinos, incluyendo “algunos igorrotes, un negrito, varios tagalos, los chamorros, los carolinos, los moros de Joló y un grupo de bisayas" que se anunciaban a bombo y platillo y que causaban la admiración y curiosidad de todos los que se acercaban al parque de la capital.
Según cuentan los diarios de la época, estas personas fueron tratadas en Madrid mejor que en el resto de Europa e incluso tuvieron el privilegio de entrar en el Palacio Real y ser recibidas en audiencia por la infanta Isabel y la regente María Cristina, antes de volver a sus degradantes jaulas.
Una de las consecuencias directas del colonialismo imperante en la época fue el negocio de los zoos humanos, impulsado por el alemán, Carl Hagenbeck, mercader de animales salvajes, que en 1874 decidió incorporar nuevos "ejemplares" a su repertorio: samoanos y lapones.
Vía.ABC
USA logra su independencia gracias a la plata Española.
A veces la verdadera historia se halla oculta dentro de la misma historia, en pequeños trazos, datos dispersos, papeles nimios... hasta que alguien los encuentra y todo cobra otro sentido. Esto ocurre con el apoyo, bastante conocido y estudiado, que la Corona española ofreció a las colonias rebeladas contra Gran Bretaña en América durante la guerra de Independencia (1776 a 1783) que dio origen a EE.UU. Nuevos documentos invitan a una relectura de esta historia que indica que la primera potencia mundial no habría salido adelante sin la ayuda de España, porque la deuda fue astronómica y además porque no devolverla salvó de la quiebra al naciente Estado.
Todo parte de un estudio jurídico que tras años de investigación en archivos de España y América, ha reunido correspondencia, documentos mercantiles y diplomáticos que le permiten cuantificar esa deuda, por primera vez sin utilizar estimaciones, en más de 3 billones de dólares al cambio actual —con interés compuesto pactado del 5%— (o en más de medio billón de dólares con interés simple). Cifra no definitiva y muy moderada por no incluir pagos directos desde La Habana y tener en cuenta algunas compensaciones.
No está en la intención del investigador que sus hallazgos supongan un ajuste de cuentas entre gobiernos que nos sacaría de la crisis, pero sí que sirva para que EE.UU. valore con nuevos ojos «la aportación hispana a su cultura desde el minuto cero de su historia» y para «derribar leyendas negras que aún se alimentan contra lo hispano allí»..
España no se expuso tanto como Francia en su ayuda a la rebelión americana. El rey francés estaba resuelto a debilitar al inglés hasta la aniquilación, pero España se movió con más cautela ante un problema que podía venírsele en contra en sus propias colonias. Aun así, los nombres de Benjamin Franklin, Baumarchais, John Jay, Jefferson, Carlos III, Floridablanca, Gálvez... permiten entrever un tablero donde jugaban las mejores mentes del siglo.
Franklin llegó a París con la intención de financiar la rebelión. Reunió voluntades y el Tesoro francés acabó sufriendo tal mella que la ayuda contribuyó no poco a extenuar la Hacienda (y por tanto a convocar los Estados Generales). Esto es conocido, pero no lo son tanto los pasos en España de su sucesor, el plenipotenciario John Jay, joven abogado de Nueva York. Con dificultades trató de conseguir lo mismo de la Corte española. Apoyado por el embajador de Francia construyó su propia red de intereses desde Madrid, ciudad en la que nunca se encontró cómodo. Aquí murió una de sus hijas y no consiguió el éxito en la Corte que Franklin lograba en París. Aún así trató con el secretario de Estado, el conde de Floridablanca, otro abogado murciano con el que pudo entenderse, convencido de que había que fortalecer la posición española contra Londres.
Pero España trata con él por puertas de servicio, para no ofender a Inglaterra ni provocar el enfrentamiento directo. Jay emite letras y recaba fondos sin dejar rastro. Por eso ha sido hasta ahora tan difícil cuantificar el monto total.
Repasando la importantísima historiografía, a la que debe mucho, y sumando sus aportaciones documentales se ha rastreado el devenir de la deuda que, en el primer tercio del siglo XX, se daba por pagada, aunque sin remitir a documento alguno. Desde el siglo XVIII los tratadistas afirman que no cabe la prescripción extintiva.
Se ha manejado los listados de materiales enviados por barco desde Bilbao y Cádiz, y desde alguna ciudad europea, a cargo del Real Tesoro. Barcos cargados de uniformes, armas, pertrechos o medicinas que partieron igualmente desde Nueva Orleans y La Habana, y el dinero contante que fue entregado según las pruebas en París, Bilbao, Nueva Orleans así como fuertes sumas a John Jay por letras que emitía él o por encargo del Congreso.
El rastro, meticulosamente perseguido, ha permitido demostrar la existencia de algunas partidas, cuantificar cabalmente otras o computar entregas que no eran consideradas ayuda. Documentalmente sostiene que se minimizó la ayuda (España no podía protestar en alto por la discreción con la que camufló este empeño antibritánico). «Los plenipotenciarios americanos en París deliberadamente alteraron las cifras que habían pasado por sus propias manos».
En resumidas cuentas, gracias a la ayuda española los colonos pudieron mantener su lucha hasta la decisiva batalla de Yorktown en 1781, donde aún eran pagados y pertrechados los combatientes franceses (había más que americanos) con pecunio extranjero. Lafayette había escrito a su ministro Vergennes en 1780: «El ejército americano, señor conde, es poco numeroso, está mal vestido, medianamente artillado, y todos estos inconvenientes son debidos a la depreciación del papel».
La plata española valía más: 3,5 millones de pesos. América estaba en quiebra y no podía pagar si pretendía salir adelante, tanto que Kentucky, que entonces englobaba mucho territorio, se planteó abandonar la Unión y —dato poco conocido— incorporarse a la Corona española. Por demás, pagar la deuda significaba alentar a los partidarios del Rey Luis XVI, pronto apresado y con España tratando de rescatarlo por todos los medios, incluso el soborno.
Vía.ABC
domingo, 9 de enero de 2011
Reencontrada la cabeza del primer rey Borbón.

Tras siglos de rocambolescas peregrinaciones, la cabeza del rey Enrique IV de Francia y III de Navarra, el primer rey de la Casa de Borbón, volverá a descansar en la basílica de los monarcas galos. Un equipo de científicos franceses ha autentificado la reliquia, profanada durante la Revolución Francesa y reencontrada en 2008 en la casa de un jubilado.
El rey, el primero de la dinastía de los Borbones, es uno de los más queridos en Francia, conocido como 'Enrique el bueno' o 'el galante', por su conocido éxito entre las damas. El monarca (que había decretado la libertad religiosa de los protestantes en el Edicto de Nantes) fue asesinado en 1610 por un fanático católico, François Ravaillac, y enterrado en la basílica de Saint-Denis, donde descansan los reyes de Francia.
En 1793, en plena Revolución Francesa, los revolucionarios abrieron su tumba. "El cuerpo fue arrojado a una fosa común con otros. Ese es el momento en el que, probablemente, le cortaron la cabeza. Ningún documento dice quién la cogió. Tras la Revolución, partes de los restos mortales reales reaparecieron en casas de particulares.
En 2008, apareció lo que parecía ser la cabeza del monarca en casa de un jubilado.
La testa, embalsamada, se encontraba "en perfecto estado". Ojos cerrados, boca abierta y algunas características que han permitido identificar a la perfección al monarca.
El minucioso análisis del forense identifica numerosas características que coinciden con los retratos, bustos y crónicas de la época. Su incipiente calvicie, los restos de cabellos blancos y pelirrojos en la cabeza y la barba, una penosa dentadura o un pequeño agujero en una oreja. "Sabemos que Henri IV llevaba un pendiente en su oreja derecha, tal y como hacían otros de la corte de Valois".
Además, en la mejilla presentaba una herida que coincidía la que le causó el joven Jean Châtel cuando intentó asesinarle en 1594. La cabeza presentaba también tres cortes en el cuello que recordarían la guillotina por la que pasó, por obra y gracia de los revolucionarios, en 1793. También coincide el modo de embalsamado del que hablan
Tras todas estas evidencias, han datado la cabeza embalsamada entre 1450 y 1650 mediante las pruebas de carbono- consideran que, sin duda, se trata de la cabeza del monarca. "Ahora que ha sido positivamente identificado según los más rigurosos argumentos de cualquier examen forense antropológico, la cabeza del rey francés volverá a ser enterrada en la real basílica de Saint-Denis tras un solemne funeral".
Este será el real descanso para una reliquia que ha pasado de unas manos a otras durante siglos. Tras la profanación de Saint-Denis, el rastro de la célebre cabeza reaparece en el siglo XIX en la colección privada de un conde alemán. Después, se pierde de nuevo su pista hasta 1919, cuando aparece en una subasta en el Hôtel Drouot, donde un anticuario de Dinard la compró por tres francos.
Este removió cielo y tierra para probar que se trataba de la cabeza del rey, la ofreció al Louvre, al museo Carnavalet, pero nadie le creyó. Tras morir el anticuario, la reliquia estuvo un tiempo en manos de su hermana. Luego, volvió a perderse su rastro.
Vía.Elmundo.es
Los ojos de la Mona Lisa.

Según anuncio el diario inglés 'The Guardian', el investigador italiano Silvano Vincenti ha pasado los ojos de la dama por el escáner y ha encontrado ¡sorpresa! mensajes ocultos.
En la pupila derecha, negro sobre verde, Vincenti ha visto una L y una V. Eso es fácil de descodifica: las iniciales de Leonardo Da Vinci. Y en la derecha, unas inscripciones más confusas que podrían corresponder a las letras C y E (también podrían ser una B o una S). La teoría del investigador es que estas letras podrían ser una pista que desvelaría la identidad de la modelo de Da Vinci. Es de los que están convencidos de que la historia oficial de 'La Monsa Lisa', que sostiene que Lisa Gherardini, la esposa de un hombre de negocios florentino, fue la 'gioconda'. Sin embargo, Leonardo vivía en Milán, en la corte del duque Ludovico Sforza, cuando pintó el retrato, lo que invalidaría esa tesis semi oficial.
Vincenti ya ha dado alguna campanada histórica artística en los últimos tiempos. El año pasado, anunció que había encontrado los restos del cuerpo de Caravaggio. Y este mismo año, el investigador solicitó la exhumación de los restos de Da Vinci, con el fin de aclarar los motivos de su muerte y de reconstruir su fisonomía. Y es que Vincenti es de los que sospechan que 'La Gioconda' es, en realidad, un autorretrato.
Vía.Elmundo.es
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